Copa del Plata

Buenos Aires 2009

 

Buenos Aires se sacude la modorra de uno de los domingos más fríos del año. Once de la mañana. Fuera del galpón, un cielo diáfano. El animador del evento carraspea por cuarta vez, tose y saluda. "Buenas noches, bienvenidos a la Copa del Plata". Su seriedad impostada se ahoga en 150 carcajadas. "¡Es de día, limado!",le grita uno. Todos lo celebran y lo olvidan a los pocos segundos. Pero se siguen riendo.

La Copa del Plata es, desde hace ocho años, la Meca de los cultivadores de marihuana de todo Argentina. Para compartir sus cosechas y alcanzar el trono de Campeón llegan jóvenes y no tan jóvenes talentos de Santa Fe, de Córdoba
y de la Patagonia. En los últimos años hubo hasta quienes viajaron desde Uruguay, Chile y Brasil, donde también se vive un auge del autoabastecimiento cannábico. El certamen se mantiene discretamente al margen de la ley y de los medios, aunque su fama llega hasta Europa, donde los foros de aficionados comentan por Internet sus resultados.Participar no es fácil. Como en las logias masónicas, uno de los requisitos es ser presentado por alguien que haya ido a alguna edición anterior. Para competir hay que entregar diez gramos de flores de la propia cosecha para su cata y calificación y pagar cien pesos argentinos de entrada. La alternativa es ir como invitado (se permite uno solo por cultivador), que paga lo mismo pero no presenta flores para la competencia.

 

Cita a ciegas

La competencia es un calco políticamente incorrecto de la Rural, pero las cocardas no son para los sementales Hereford sino para cogollos de variedades como Flashback o Super Silver Haze. Los organizadores se encargan de repartir las muestras unos diez días antes entre los jurados. Los afortunados son los campeones de las últimas tres ediciones y un miembro de la comisión organizadora, liderada por un flacucho treintañero que se hace llamar "Argentino" y viste camiseta albiceleste.
El día arranca bien temprano en una esquina en el corazón porteño. Poco después de las diez empiezan a llegar, de a dos o en grupitos chicos, los portadores de la planta sagrada. Más que hippies de Woodstock parecen skaters californianos o universitarios europeos. Mucho piercing, mucha campera inflable,al menos una capucha por persona y varios sobretodos viejos con el sello inconfundible de las galerías de usados y el Ejército de Salvación. Las mochilas gritan slogans y pines coloridos. Lentes oscuros hay paratodos los gustos. Nadie sabe adónde va. Lo único que les llegó –por mail o a través de los cuatro o cinco foros de Internet que usa la élite cannábica local– es la hora y el lugar de reunión en la calle. Desde hace un par de años la cita es en plena ciudad y ya no en un campo o quinta de las afueras. Es una forma de militancia, de desafío a una autoridad que todos desprecian por injusta.Cerca de las diez y media ya hay más de cien personas en la vereda de una de las arterias más transitadas de la ciudad. Algunos empiezan a ponerse nerviosos por lo vistoso de la inusual aglomeración. "Esto es un escracho", se queja el Ingeniero, cuyo seudónimo fumón remite a su profesión en la vida real. Justo entonces la masa empieza a dividirse en equipos,que parten, ya con el dato de la dirección, hacia el galpón donde pasarán diez horas encerrados fumando hasta entrada la noche.

 

El evento


Los participantes van entrando de a uno y dicen su nombre de guerra al encargado de la puerta. Una vez chequeada su identidad, cada uno recibe cuatro sobrecitos Ziploc. Son las muestras para la cata colectiva, que se deben calificar de uno a diez puntos en cuatro aspectos: sabor, olor, textura y "mambo". La textura incluye aspectos técnicos como la presentación, el secado y el manicurado, es decir, el corte de las hojas que envuelven la flor y no se fuman. El mambo, claro, es algo muy subjetivo.

Con música dub de vanguardia como fondo, después de la accidentada bienvenida de Argentino, los competidores empiezan su faena. El primer porro lo arma con destreza el más veterano del grupo al que se suma C. Es un canoso cuarentón, diseñador y con la cara siempre enrojecida, que conoce al Ingeniero y a los demás por uno de los foros especializados. Lo enciende, lo hace girar y algunos anotan detalles para la calificación. Un obsesivo extrae del bolsillo su lupa, para admirar mejor la flor candidata. El promedio de las puntuaciones in situ de los cultivadores se sumará luego como un voto más a los del jurado."¡Pero mirá lo que es esta Bubblegum!", advierte en la misma mesa un plomero también cuarentón con fama de gran genetista de entrecasa. Por los altoparlantes los organizadores reclaman que todos apaguen y les dejen sus celulares, cuyo uso está prohibido. "Vamos que somos casi 200 y acá hay 20 celulares", insisten. "Entreguen, muchachos, no nos hagan irlos a buscar". Una hora después, sin haber recolectado muchos más, olvidan el tema. La puerta ya se cerró y nadie podrá salir hasta que todo termine, pasadas las nueve de la noche.

 

Volcanes y chocolates


Bien explotado, un evento como la Copa podría ser un buen negocio. Pero la idea de los organizadores no es explotarlo sino disfrutarlo. Los cien pesos de la entrada saben a poco frente a lo que se sirve durante el día: desayuno de bienvenida con bizcochos e infusiones; picada de media mañana; almuerzo con pizza, hamburguesas y choripán; más picadas a la tarde y merienda con mesa dulce para la despedida.Todo regado con canilla libre de gasesosas y jugos azucarados para aguantar el ritmo. Nada de alcohol.
La competencia pasa a un segundo plano cuando los participantes empiezan a recorrer la docena de stands instalados en el galpón. Muchos se detienen ante el del vaporizador Vulcano, un artefacto que permite extraer de la flor de marihuana todo el THC sin combustion, su uso evita la inhalacion de los subproductos nocivos de la combustion y es altamente recomendable para uso medicinal. Es un cono de acero con un motor que inyecta vapor a 180 grados en un receptáculo donde se deposita el cogollo y que luego infla un globo de plástico transparente con ese mismo vapor "cargado". Vale 250 dólares. Todos lo prueban, nadie lo compra.
Frente a ese gazebo blanco hay otro, menos comercial, donde el activista Mike Bifary comparte orgulloso su vaporizador casero. Es una suerte de alambique de vidrio que se complementa con una pistola industrial de aire caliente. "Te la comprás en Easy", explica solícito. A su lado hay un microscopio para apreciar en detalle la belleza de las flores. No falta el merchandising. Remeras de la Copa, sofisticados papeles para armar porros con sabor a mojito, cremas hidratantes a base de cáñamo e implementos para el cultivo. Más que como una feria, todo luce como una convención de especialistas. Que lo es, claro.

Al promediar la tarde llega la hora del chocolate.
Se sirve en el stand de Pollination, una marca de artículos para aficionados. No se trata de barritas de cacao, sino de hashísh. En la Copa se le atreven pocos. Falta un rato largo y nadie se quiere quedar dormido.

 

Mercado verde


En los stands que venden productos, las formas de pago son dos: pesos o "cogollos". Por un frasquito de hongos simbiontes para reforzar las raíces de sus plantas, alguien entrega un puñado de sus flores. El vendedor lo acepta en un rápido cambio de manos. Otro paga lo mismo por una crema. No hay vuelto.
Canjear cosechas es la gran actividad paralela a la competencia. Nadie vende cash, algo muy repudiado en el ambiente, pero todos quieren llevarse a casa una muestra de los candidatos al podio. Los cultivadores más experimentados cambian una sola de sus flores por medio frasco de cogollo común. Adentro nadie traduce a dinero las pequeñas fortunas que se negocian como figuritas en el patio de la escuela . Pulpa, un cultivador que además montó su propio local de parafernalia fumona, lamenta que se haya suspendido el torneo de armado de porro, donde se suele competir por velocidad y terminado. En el salón contiguo, el abogado Luis Osler empieza a disertar sobre la inminente despenalización y sus límites. Es toda una celebridad. Sólo unas pocas toses interrumpen el silencio con que lo oimos. La Copa se acerca a su fin. Algunos se distraen con un futbolito decorado con hojas de chala. Una profesora de gimnasia y su amiga se arman uno mientras cuentan cómo aprendieron a instalar lámparas de alta presion en sus placards para el cultivo indoor. Se sintieron relojeadas todo el día porque entre los 150 asistentes hay menos de veinte chicas. "Y son bastantes más que el año pasado", festeja un observador atento.
Desenlace emotivo. Bostezos de atardecer y sonrisas de satisfacción por doquier. Cada cultiveta aprieta algún tesoro en el bolsillo. Todos quieren ver al Campeón. El rosarino Gómez sabe que su varietal NYCD es firme candidata y no se equivoca. La Copa Del Plata 2009 se va con él y sus ojos achinados vierten lágrimas de emoción.

Hasta el año que viene.

 


Comments (0)

Activismo :

Historia :

Fiestas, Reuniones, Toques :

Leyes :

Articulos :

Links :

 

Varietales criollos

 

Para entender la lógica de las copas
cannábicas hay que sacarse de la
cabeza la imagen del porro prensado
en ladrillos que llega de Paraguay y se vende en los cantes y en las esquinas de barrios de clase media. Los cultivadores son sibaritas, verdaderos sommeliers que pueden hablar durante horas del sabor cítrico o amaderado de sus plantas con la misma pasión con que Miguel Brascó describiría el bouquet de un buen Malbec 2007. Solo fuman el cáliz –la flor propiamente dicha– y desprecian el "paraguayo" porque también trae hojas, semillas y hasta partes del tallo.
Cualquier flor de marihuana criada
en casa es superior a lo que se
consigue en la calle. La diferencia de
sabor y aroma es abismal. Y no sólo influyen la frescura y la selección de las partes de la planta que se fumarán. También el trabajo invertido en la genética y los cruces de cepas de los que cada cultivador se enorgullece como si fueran sus hijos.
Las familias de cepas más conocidas
–cada una con sus cualidades
propias– son Skunk, Índica, Sativa,
Afgana, Haze, White y Blue. Pero
cada cultivador desarrolla cruces
propios y por eso en la Copa del Plata
se encuentran cepas como la
"Quilmes Haze", la "Psicodelicia", la
"Sweet Thai" y la "Syrian Haze".
La Copa del Plata es una cita de
drogones, sí. Pero nadie busca salir
dado vuelta o dormirse a las dos
horas. "El objetivo no es quedar reloco
–explica Pepe, uno de los premiados–
sino probar cosas diferentes. Si
ya fumaste tres secas de un faso lo
dejás para no colgarte y quedarte
afuera de los demás". No será como
escupir el vino en una cata, pero le
pega en el palo.